Una de nuestras tareas como Colectivo es intentar ponernos en contacto con personas que tengan que ver con la Historia de Lora. A partir de esta idea, Reme Hernández lo hizo con uno de los curas que pasaron por nuestro pueblo. Pidíendole información sobre sus años en Lora, Don José Romero López, que así se llama el sacerdote, tuvo el bien de remitirle una carta donde a lo largo de nueve folios cuenta anécdotas que recuerda de su paso por Lora. Estuvo aquí desde 1951 hasta el 1953. En la actualidad vive en Huelva, con una hermana; sigue oficiando misas y tiene 81 años.
Comienza esta carta con la transcripción siguiente:

José Romero López (natural de Lebrija) se ordenó de sacerdote en el mes de diciembre de 1950 en el seminario de Sevilla por el Cardenal Segura hoy Palacio de San Telmo.

Pasados varios días recibo el nombramiento de cura de “Lora de Estepa”, la primera noche me quedé en una pensión de Estepa, me pusieron de cenar un huevo pasado por agua y se apagó la luz.
Al día siguiente por la tarde llovía un poquito y marché con el cura de Estepa y el médico, en el camino me dice D. Diego (médico) por favor, D. José que ha hecho usted para que le manden a este pueblo tan pequeño.¡Por Dios!, le dice D. José, no lo desanime, que viene muy entusiasmado. Me estaba esperando el pueblo entero en procesión, no me acuerdo si era con una imagen del Corazón de Jesús o de la Virgen de Fátima, así llegamos a la iglesia cuya fachada no parecía tal, aquella noche me quedé en casa de una señora con cáncer en la cara y tenía una habitación en el zaguan de la casa, por la mesilla de noche una silla de enea y una palmatoria con una vela, me dijo: cuando salga usted tira de la puerta. A la mañana siguiente la cuerda de la campana se rompió, al repique de mi llegada y muy de mañana, todavía no había amanecido, subí al tejado para arreglarla y cuando bajé me di cuenta de que la sotana en vez de negra estaba blanca.
Como la iglesia estaba sucia me puse a limpiarla y la gente que pasaba para el campo comentaban: es el cura el que está limpiando la iglesia, se corrió la voz por el pueblo y desde aquel día, venían las mujeres por turnos a limpiar. Aquella noche fui invitado a comer en casa del alcalde con el comandante de puesto. Al terminar este señor (comandante), me acompañó a la casa donde me hospedaba (casa de la hermana de la mujer del municipal), al volver la esquina que daba a dicha casa, cual fue mi sorpresa cuando vi a un hombre montado en una escalera de cojer aceitunas asomado a un balcón, y me dijo el guardia, no se asuste usted que no está robando, está “pelando la pava”. Al llegar a la casa, Ana me indicó la habitación que yo había alquilado.

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